Dínamo, del trío de dramaturgos y directores Hermida-Perotti-Tolcachir

Por Jorge Dubatti // Director del Instituto de Artes del Espectáculo

Más allá del aislamiento y la soledad

Para comprender Dínamo (Timbre 4, en la sala grande de México 3554), es necesario mirar hacia atrás. En dieciséis años de trayectoria, de 1999 hasta hoy, Timbre 4 pasó de ser una compañía con ignota sala de teatro “casero” o “doméstico” –abierta, con problemas de resistencia vecinal, en 2001 en el barrio de Boedo-, a convertirse en una usina de creación, formación, irradiación y recepción del teatro independiente con reconocimiento internacional y espacio doble. Hoy, en su página institucional, Timbre 4 se presenta en triple dinámica: Teatro-Escuela-Compañía. 

El secreto de ese celebrable desarrollo, que ha ido acompañando los cambios del país en los procesos de la cultura en el post-neoliberalismo, ha sido sin duda el trabajo incesante en equipo (auténtico modelo de organización y producción), siempre orientado por la búsqueda de calidad artística, las nuevas ideas y el experimentalismo, en el sentido que otorga Umberto Eco a este término: accionar de forma innovadora respecto a la tradición establecida. En este caso, nos referimos a la tradición que el mismo Timbre 4 ha ido construyendo, de Jamón del diablo a Emilia, a través de varias decenas de espectáculos generados por los diversos integrantes de la compañía.

Creemos que la voluntad de experimentalismo está en la génesis de Dínamo y se advierte, en primer plano, en las diversas manifestaciones de lo nuevo: la dramaturgia-dirección compartida –en colaboración, “a seis manos”- de tres integrantes de Timbre 4: Melisa Hermida, Lautaro Perotti y Claudio Tolcachir (es decir que Tolcachir, por primera vez, no escribe, dirige y firma individualmente); en la extraña, original estructura narrativa de la historia que Dínamo cuenta; en el protagonismo del espacio que enmarca, interna y externamente, la casa rodante que ya no rueda, diseñada por Gonzalo Córdoba Estévez. La gran deuda con la tradición la imponen los tres personajes antihéroes, en la línea de los oficinistas de Tercer cuerpo, interpretados por tres actrices excepcionales: Marta Lubos, Daniela Pal, Paula Ransenberg, que construyen avezadamente tanto el efecto emocional como el cómico. 

Dínamo es un drama espacial (como observa Juan Villegas, el drama de espacio entrega predominantemente un mundo a la mirada del espectador), que contiene a la vez  una intriga múltiple y unitaria. La intriga múltiple se despliega en la historia de cada uno de los personajes que conviven en la casa rodante: una cantante (Lubos), aislada en el mundo interno de sus recuerdos y remordimientos; su sobrina (Pal), que padece el trauma de la muerte de sus padres, cree ver fantasmas e intenta recuperar su vínculo perdido con el tenis; una inmigrante de algún país del Este de Europa (Ransenberg), alejada de su hijo, que no habla castellano y vive escondida. La visión dramática de la intriga múltiple coloca en perspectiva privilegiada la interacción de los personajes en el espacio, como si el espectador asistiera al interior de la vida de una colmena, de un pequeño edificio, por extensión de un pueblo o una ciudad, desnudados en su intimidad a través de una cuarta pared transparente. De este recurso, uno de los más valiosos de Dínamo, surge el efecto de intriga unitaria: sin comunicarse nunca del todo, las tres mujeres componen en su interacción un nuevo sujeto, una figura de intersubjetividad, transindividual. ¿No es ésta una forma brillante de referirse a  las relaciones humanas, en las que sin comunicación directa hay, sin embargo, comunicación, vida compartida? ¿No es esta construcción poética, en el fondo, una metáfora que encarna la bella afirmación del fundador de la Geografía Humana, Vidal de La Blache, cuando afirma: “La Tierra es un todo cuyas partes están coordinadas (…) en el organismo terrestre no existe nada en forma aislada”? Si la intriga múltiple habla de historias de aislamiento y soledad, la intriga unitaria invita a pensar en las interconexiones vitales de las personas más allá del esquema tradicional de la comunicación. Ya sólo por hacernos pensar en esto, Dínamo merece un aplauso de pie. La unidad es acentuada, amalgamada, por la música en vivo de Joaquín Segade, que a la manera de un alquimista con su sonorización acaba por dar nueva unidad espiritual al conjunto.

Esta figura intersubjetiva, transindividual, está nombrada de alguna manera en el título. La imagen del dínamo pone el acento en el flujo, en la corriente continua intersubjetiva, transindividual, de la que surge la energía social. ¿No es el dínamo también el principio del teatro, el flujo energético del vínculo entre los actores y los espectadores en el convivio, en la reunión? Imperdible, para espectadores dispuestos a acompañar a Timbre 4 en la búsqueda de nuevos territorios poéticos.

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