La Guerra de Malvinas desde el vínculo padre e hijo

Por Jorge Dubatti // Director del Instituto de Artes del Espectáculo

 

En Los hombres vuelven al monte, unipersonal escrito y dirigido por Fabián Díaz, sobresale el trabajo excepcional de Iván Moschner, quien compone dos personajes centrales: padre e hijo, y a la vez invoca fragmentariamente otra decena de personajes en relación con ellos. Regresa a la Sala Apacheta.

 

Sólo un actor excepcional como Iván Moschner puede asumir el desafío del unipersonal Los hombres vuelven al monte (que hasta hace una semana se presentaba en Apacheta, Pasco 623; tras el receso de verano, regresará a la misma sala en febrero de 2016). En esta obra escrita y dirigida por Fabián Díaz, un único actor debe componer dos personajes centrales: padre e hijo, y a la vez invocar fragmentariamente otra decena de personajes en relación con ellos. Todo acontece en el cuerpo del actor.

El padre estuvo en la Guerra de Malvinas como soldado, regresó al Chaco y decidió internarse en el monte con unos compañeros, para vivir como un "fuera-de-la-ley". Un nuevo Martín Fierro o Juan Moreira. El hijo, por su parte, se ha ido al monte a buscar al padre. Nuevo Telémaco, en busca de su padre Ulises. ¿Cuál es la voz de base que evoca a las otras? ¿Quién habla al público: el padre, el hijo, los dos alternadamente? Díaz y Moschner generan la ilusión, conmovedora, de que no hay personaje-relator de base, que es el cuerpo del actor el que invoca, "mediúmnicamente", todas las voces, incluso la de los muertos. Que el padre y el hijo atraviesan ese cuerpo como discursos.

Moschner es un gran actor creador, con alta capacidad de proposición poética, porta una definida poética en sí mismo (como otros grandes actores, Alejandro Urdapilleta o Pompeyo Audivert), especialmente en la voz. En la construcción de cada personaje, por más que su presentificación dure sólo unos segundos, es preciso en los rasgos caracterizadores, vertiginoso en las mutaciones y a la vez intenso. Compone con su voz matices regionales, entonaciones dialectales en cada personaje diferentes y a la vez conectadas territorialmente. (Apela aquí a su conocimiento del Nordeste argentino, recordemos que Moshcner nació y vivió muchos años en Misiones).

Habíamos visto numerosos trabajos de Moschner (Tres hermanas, El pan de la locura, Marathon, El panteón de la patria). Su reciente labor en La crueldad de los animales (que comentamos en este Suplemento Cultura unas semanas atrás), en el rol de un político neoliberal de provincia en los noventa, dirigido por Guillermo Cacace, nos impactó. Pero su desempeño unipersonal en Los hombres vuelven al monte le permite proponer más aun, es superador en dificultad, riqueza de procedimientos, complejidad. Deslumbra, pero nunca por un mero exhibicionismo de capacidades y destrezas, siempre en virtud de la construcción de una poética singular, de una orgánica resultante de una profunda investigación junto a Díaz. Sin duda se trata de una de las actuaciones magistrales de este 2015 que termina. No en vano Moschner recibió por su labor en este unipersonal el Premio Teatro del Mundo 2015 de la Universidad de Buenos Aires como Mejor Actor, por votación de un jurado de más de cincuenta miembros, en su mayoría críticos e investigadores muy jóvenes.

El mérito de la pieza de Fabián Díaz (que puede leerse en edición del Instituto Nacional del Teatro, donde obtuvo un premio) es múltiple en su dimensión escénica. Por un lado, hay que destacar la estructura de voces enlazadas, que combina el teatro del relato (la narraturgia, dicha a público, a la manera de un narrador) con el teatro de escena y representación de acciones físicas. Por otro, el cruce de realismo y exploración del "espacio interior" de padre e hijo, el recurso a los estados subliminales de la conciencia, el sueño y la alucinación de la mano del expresionismo. En este sentido es protagónica la sonorización de Patricia Casares. Díaz reelabora la observación realista-costumbrista desde una intervención poética. El lenguaje adquiere una dimensión literaria, contra-costumbrista, que pone en primer plano el procedimiento creador, con derivas hacia lo lírico, lo metafísico y lo arquetípico. Ese desvío poético del realismo también está presente en la escenografía y el vestuario de Isabel Gual.

Pero sobre todo el mérito de Díaz radica en la potencia simbólica que consigue su obra al leer el trauma de la Guerra de Malvinas desde la relación padre-hijo. Resuena en la imagen del padre que se ausenta y del hijo que sale a buscarlo a la naturaleza inhóspita el misterioso efecto presente en el relato de Guimaraes Rosa "La tercera margen del río". Irse a vivir al monte es como ingresar en otra dimensión, como irse a vivir al centro del río. "Mi padre es un fantasma", dice el hijo, pero un fantasma contra-hamletiano, no un fantasma que se aparece, sino que quiere desaparecer, o al que han desaparecido. El hijo desea recuperar al padre, de quien nunca sabremos si no ha muerto. ¿Por qué el deseo de recuperar al padre en tantas piezas teatrales argentinas de los últimos años? ¿Por qué el hijo de Díaz necesita encontrar a su padre? Díaz nunca lo explicita, y esa ausencia es una de las zonas más estimulantes de la obra. Imperdible. Para ver o volver a ver en 2016.

 

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