No daré hijos, daré versos: un doble problema de género

Por María Eugenia Berenc // Integrante del Área de Investigaciones en Teatro y Artes Escénicas

Estrenada en la segunda edición del Festival Internacional de Dramaturgia Europa + América,  No daré hijos, daré versos, presenta de manera lúdica una discusión teatral: el realismo es lo contrario del feminismo. 

La teoría de género contemporánea es heredera del feminismo clásico que surgió en los años setenta. Dicha teoría revisa epistemológicamente la categoría de “género” y la define como el producto de un conjunto de acciones que dan lugar a la identidad sexual. Desde esta perspectiva se repiensan las situaciones de opresión que produce y reproduce el heterocapitalismo. En la escena teatral argentina se está presentando una obra en la que se estudia a una poetisa uruguaya, Delmira Agustini, como una de las precursoras latinoamericanas del feminismo.  No daré hijos, daré versos aborda un problema de género, en un doble sentido. En primer lugar, porque trabaja el femicidio de Delmira Agustini; pero a su vez porque problematiza el lugar de enunciación a partir de la cual se relata la historia. La obra piensa un problema de “género” a partir de otro problema de “género”. ¿Es lo mismo presentar el asesinato de la poetisa a través del expresionismo, de una fábula realista o de una escena hiperrealista? En la puesta de Francisco Lumerman este interrogante se discute escénicamente, se transforma en un juego teatral. 

En el tercer acto de la obra se representa el remate de los objetos personales de la poetisa: cartas de amor de la poetisa, un diario y la pistola con la que fue asesinada Delmira Augustini. De manera lúdica se problematiza lo qué es lo que se debiera hacer con la historia de vida de la poetisa: “consideramos que este tipo de materiales necesita un lugar poético con dinámica propia, que resignifique la obra y la ponga en diálogo con el hoy (…) Una artista como ella no puede estar encapsulada en un sitio burocrático. No es poesía, es anti poesía. La forma institucional agrede el germen revolucionario. La revolución primero estuvo en la poesía”. La que antecede es la tesis de la obra: si queremos presentificar el espíritu de una mujer revolucionaria eso no puede acontecer a través de una forma institucionalizada, eso no puede suceder por medio de un género realista o hiperrealista, no se puede representar la revolución a través de un género que no hace otra cosa que emular la realidad. El modo de encarnar la revolución es a través de la poesía.

No daré hijos, daré versos fue estrenada en la segunda edición del Festival Internacional de Dramaturgia Europa + América. En la puesta de la obra se conjugan los universos poéticos de Marianella Morena, dramaturga uruguaya; los versos de Delmira Agustini y la poética de dirección de Francisco Lumerman, dramaturgo y director argentino. En el intercambio entre la dramaturgia de Morena y la dirección de Lumerman emerge una obra muy particular. En la escena teatral argentina conviven múltiples poéticas, cada una con su especificidad sin solaparse. Las producciones no sólo varían al interior de los circuitos alternativos y comerciales; sino que son muy diversas en términos generales. Las poéticas de cada teatrista son tan singulares que la actividad teatral se transforma en un espacio para la fundación de territorios de subjetividad alternativa, de resistencia y de lucha política. Si el fenómeno teatral ya resultaba indefinible, el Festival Internacional de Dramaturgia Europa + América profundiza la diversidad de la escena actual. En dicho evento, curado por Matías Umpiérrez, once directores argentinos estrenaron obras de dramaturgos europeos y latinoamericanos. El intercambio resulta interesante porque se tensionan y dialogan poéticas de dirección con dramaturgias muy diversas. No daré hijos, daré versos forma parte de este proceso de experimentación. 

La obra está estructurada en tres actos. En el primero se aborda, desde un lenguaje poético, el momento en el que Delmira Agustini es asesinada por Reyes, su ex marido. El trabajo es sumamente interesante, no se puede decodificar en qué momento histórico se producen los hechos, ni la escenografía ni los vestuarios instauran un tiempo determinado y los personajes son representados por tres actores simultáneamente sin construir notas definitorias. Esto permite que de modo que de algún modo podamos ver en cada uno de los personajes a todos los hombres y todas las mujeres; a todos los integrantes de una pareja en la que se produce un hecho de violencia. En el segundo acto se reconstruye (¿o deconstruye?) a partir de un lenguaje realista parodiado la vida familiar de los Agustini y se presenta a la violencia de género como un problema relacional. En clave de comedia, la obra recorre los mandatos sociales que pesan sobre los hombres, en este caso, los que sufre el hermano de Delmira (Diego Faturos). Finalmente, en el tercer acto, se presenta el remate del lote “íntimo” conformado por las cartas, unos poemas y el diario de Delmira Agustini. En este acto se juega con el hiperrealismo o con el teatro documental, se ironiza acerca de la inclusión de materiales reales en la escena. 

La creación de Lumerman es impresionante con una excelente dirección  de actores y un trabajo sensible. Recordemos que el joven director tiene en cartel dos obras más en la que oficia tanto de director como de dramaturgo: El amor es un bien, hermosa versión sobre Tío Vania de Anton Chejov y Comer (Teatro Indigesto). Para los actores, la obra es muy exigente, cada uno debe atravesar no sólo muchos estados sino diferentes registros de actuación, los mismos que va recorriendo la obra. Delmira es representada por Iride Mockert, Rosario Varela, Malena Figo  y Reyes, el marido de la poetisa, por: Jorge Castaño, Diego Faturos, German Rodriguez. Cada uno de los actores se destaca en alguno de los registros que recorre la obra. En el primer acto pareciera que presenciamos un ensayo en el que las energías de los actores emergen sin mucha orientación. Los textos se profieren en todos los sentidos, al público, hacia el suelo, hacia el centro de la escena. Allí  Iride Mockert, Rosario Varela, Malena Figo se meten entre el público y recitan fragmentos de poemas a los espectadores. En este segmento de la obra se rescata la intensidad con la Iride Mockert y Rosario Varela proponen las distintas acciones, y movimientos en los que más allá de la creación de un rol o de la profusión de textos, que  por otro lado son  muy bellos, aparece una poética muy profunda. En el segundo momento de la obra, los actores cambian de registro. Allí parodian el teatro representativo, el realismo con sus acciones ordenadas causalmente. La obra se vuelve muy cómica, allí los juegos entre Diego Faturos y Jorge Castaño son desopilantes. En el tercer momento de la obra se destacan las actuaciones de Malena Figo y Germán Rodriguez.  La dinámica actoral es muy lúdica, es interesante el ritmo con el que se suceden los lenguajes. En los momentos en los que pareciera agotarse un registro, en la obra se reescribe otro código, en otro universo teatral.  

Una última cuestión debe ser dicha, si el silencio es uno de los mandatos sociales de la mujer; esta obra instancia una crítica al logo-fono-falo-centrismo. En primer lugar, porque el lugar de enunciación es artístico, no se trata del universo racional abordando una crítica feminista sino que es por medio del mythos que se reestructura el orden de lo dado. En segundo lugar, es la voz de la poetisa la que es acallada pero también la que vuelve a decir, la que habla en cada escena. La obra permite que se disemine su palabra. No daré hijos, daré versos  es una de las obras imperdibles de la cartelera teatral de este año. 

 

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