Cosas de payasas, teatro en estado puro

Por Nora Lía Sormani // Co-coordinadora Área de Investigaciones en Teatro para Niños y Jóvenes / Teatro de Títeres
 
En una carpa de circo iluminada por tenues luces se presentan dos payasas, Tonieta y Titina,  madre e hija, quienes en cada función deben ir ajustando sus rutinas y presentaciones y, por sobre todo, deben ir aprendiendo, una de la otra, el arte de compartir y de vivir. La obra está inspirada en el texto de Claudio Martínez Bel y Claudia Vargas Cosas de payasos, pero en el pasaje de los personajes de masculinos a femeninos se opera un cambio significativo, el texto adquiere otro sentido que, además, se ve enriquecido por la inclusión de canciones escritas por Silvina Reinaudi y Carlos Gianni. Es decir, un texto otro que viene a sumar nuevos sentidos en su transformación. El tema del género es pregnante en ese aspecto: un mundo de mujeres que se hace camino en algún pueblo de la Argentina.

Cosas de payasas posee una inteligencia interna por lo que, desde que se sube la delicada tela que “vela” el escenario, hasta que baja hacia el final, se instala una ceremonia: algo comienza y algo termina y entre ese principio y ese fin, la vida de esa madre y esa hija tocarán distintos colores y emociones, acontecimientos que el espectador va a vivenciar con mucha calma y claridad. Porque la obra trabaja con el “menos es más” y logra de esta manera un ágil y suave disfrute. Nada de estridencias y mucho humor e estimulación hacia el público. Porque las payasas aprenden de la vida haciendo pruebas y logrando pequeños objetivos muy significativos. “Bueno, Titina, estamos aprendiendo”, le dice la madre a la pequeña en los momentos de fracaso. “Dialoguemos”, se dicen en otra oportunidad. Durante toda la obra, los niños, desde sus butacas, acompañan con risas, repiten las palabras, sonidos y gestos de las payasas. Se hacen cómplices de ese aprendizaje atraídos por la teatralidad de la propuesta.
El lenguaje del clown es utilizado con el fin de caracterizar a los personajes, acentuar el humor y la ternura, sin abusos de gags ni exageraciones, es el clown que se vacía para producir sentidos. Sin embargo, pasa de todo: acción constante, demostraciones de las rutinas, pruebas y más pruebas. Movimientos, miedo, vergüenza, sonidos extraños que asustan, todo sucede. Y todo lo que se dice y hace en la escena tiene un por qué, nada está puesto al azar.

La escenografía y los objetos de la escena cumplen la función central de dar cuenta objetivamente de aquello que va aconteciendo en el interior de los personajes: la vida que transcurre tenue y pálidamente (reflejada en esos focos amarillentos y lánguidos), pero con encanto, mucha risa y detalles mágicos (la belleza y pulcritud del vestuario y los objetos). La relación entre madre e hija evoluciona y, a medida que pasa el tiempo, sus vidas cada vez se van tiñendo de más encanto, el ritmo de la relación se va ajustando (a pesar del progresivo cansancio de la madre) y la existencia de las dos payasas adquiere un significado único, se apropian de lo que les pasa. Una payasa, la madre, va madurando y pasando la posta; la otra, la hija, va creciendo hacia la plenitud para continuar con el legado. Es el momento el más alto de la obra, donde estalla el misterio, el arte que refleja aquellas zonas inefables. La madre payasa de a poquito y enfrentando sus sentimientos más contradictorios, va saliendo del centro para delegar amorosamente en su hija la centralidad. Lo que antes era división de espacios al final se transforma en puente para el encuentro, para fundir tradición con innovación. “La corriente del tiempo nos dibuja distintas (…) pero el sol que todo sabe pinta una sola sombra: madre e hija”,  dice la canción final. La música propone momentos de reposo, de toma de posición, de enlace entre algunas escenas. Las actrices Gricelda Rinaldi y Florencia Piccilli, todo el tiempo en escena, entregan su alma y ponen en funcionamiento todos sus recursos técnicos al servicio de los personajes. La madre, que atesora la tradición, y la hija, que la recoge con frescura y renovados objetivos, “ideas nuevas”, se encarnan en las actrices con una naturalidad y pericia sorprendentes. La compañía Ton y Son, de la ciudad de Posadas, Misiones, acierta admirablemente en su propuesta. En síntesis, una gran obra, una joya del teatro para niños y jóvenes de nuestro país. No sabemos en qué lugar del mundo está ubicada esta carpa con estas dos mujeres (¿algún pueblo de Misiones, del Chaco o algún rincón de la Provincia de Buenos Aires?), sin embargo, como espectadores, nos quedamos embebidos de lo que a ellas les ocurre y ese sentir que traspasa la escena se instala en nuestro espíritu, nos hace más buenos… Quizás se produzca ese famoso efecto catártico respecto de algunos sentimientos, nunca sabremos cuál de todos ellos: lo simbólico de la maternidad, lo significativo del aprendizaje, la complicidad del trabajo en equipo, el misterio de la vida. Cosas de payasas es teatro en toda su potencia, arte para dejar huellas en el alma de niños y adultos.

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