Espacio Crítico

Quítame la respiración de Carla Scatarelli pudo verse en la terraza del teatro El Picadero. La puesta sitúa al público en el mismo espacio dramático que propone: lo que iba a ser una fiesta al aire libre, frente a suicidio de Julieta, termina siendo un velatorio. La muerte marca como primera medida ese espacio merecido al humor negro y al realismo sucioVer más.

 

 

Entras al teatro Timbre 4, un domingo por la tarde, a las 18 h., has comprado un boleto para ver El mecanismo de Alaska, Federico Lehmann y Matías Milanese bailan música pop, canciones que bien podían sonar en cualquier boliche la noche anterior, se divierten mucho, te invitan a bailar, a unirte a ellos en su frenesí, no descansan, una canción tras otra, sus cuerpos sudan exhaustos, llegan a un trance actoral, recuerdan la ritualidad del teatro y entonces empieza la obraVer más.

 

 

I
La botones de un hotel en Mendoza toca música de piano. Eventualmente, también tocará la tristeza de un trombón.
Un cuerpo se derrama en el suelo. Un cuerpo dentro de un traje oscuro, un disfraz desesperado de látex. Aparece un joven y con ritualidad desnuda al otro cuerpo descubriendo su vejez. A este lo llamaremos Aníbal, al joven, Kevin. Ver más.

 

Lo que quieren las guachas empieza con un esquema shakesperiano: Sol, una joven de clase alta se enamora de Owen, un desfavorecido latino que trabaja vendiendo medias frente al colegio de ella. Pero el auténtico protagonista de la obra no es la pareja, sino el muro que ocupa todo el espacio, trabajo del escenógrafo Agustín Leonardo Addesso. Un muro que separa dos mundos económicos, pero sobre todo, un muro que se degrada: en su izquierda empieza blanco impoluto con un cartel de advertencia de zona videovigilada, y a medida que se extiende hacia la derecha, el muro pierde color, se descascarilla hasta que en su extremo opuesto deja al descubierto los ladrillos que lo componen, medio derruido, y es ahí donde tiene lugar el espacio de la familia de Owen, en una zona casi a la intemperie. Ver más.

 

 

Cuando uno entra a Más allá de la muerte, de Sonia Novello, se descubre, no en una sala de tatro, sino en un jardín. Los tres actores, Osqui Ferrero, Alejandro Vizzotti y la propia autora, se encuentran tumbados en el césped, contemplando el cielo, respirando profundamente, dormidos quizás. La obra nos solicita un código: el de la lentitud. Atrás deben quedar las prisas del ritmo de la ciudad, aquí hemos venido a escuchar la naturaleza y la hierba crecer. Es en ese estado de plenitud natural donde los personajes se nos presentan en soliloquios que nos revelan las luces y sombras de sus vidas. Ver más.